I
La historia está llena de lagunas mentales.
Intersticios entre eventos, que nos privan de la posibilidad de hacer nuestras propias interpretaciones.
La historia se nos entrega construida, llena de edificios conceptuales –muchas veces sobrevalorados- que flotan entre lagunas mentales -muchas de ellas artificiales- donde la historia se estanca.
Tal vez sea necesario sumergirse en esas lagunas, y escarbar en el fondo para ver que aparece.
O quizás solo baste con esperar algunos años, hasta que esas lagunas decanten, y salga a la superficie una historia humedecida por el tiempo.
II
Queremos mirar bajo el agua.
Pero se nos ha advertido hasta la saciedad: “se pueden ahogar”, “el fondo está lleno de cadáveres”
Y por mucho tiempo le hemos hecho caso a los mayores.
Y por mucho tiempo hemos visto la historia a través de sus ojos.
Y por mucho tiempo alabamos a sus ídolos.
Fotografiamos sus mismos monumentos. Los estudiamos. Aprendimos a respirar el aire de la modernidad.
Hasta que vimos el agua.
Y las ganas de descubrir algo por nosotros mismos, nos alentó a sumergirnos.
Nos reunimos al borde de una de las más grandes lagunas mentales, miramos hacia abajo y dijimos ¿Por qué no?
III
Nuestros maestros renegaron de sus maestros; nunca supimos quienes eran nuestros abuelos.
Nosotros, orgullosos de nuestros padres, ahora queremos conocer a nuestros abuelos (¿alguien habrá educado a tantos genios contemporáneos, cierto?)
Nuestros, si. Nuestros los padres y nuestros los abuelos; son el patrimonio con el que llegamos al mundo. Nuestra herencia.
Ellos crearon los lugares en que crecimos. (Y esos lugares si que tienen historia -e historias).
Las historias también son nuestras, están ahí, solo falta fijarse en ellas. Detenerse. Recordar.
No necesitamos de invitación alguna, para ir a tomar té a la casa de los abuelos.
IV
Y estábamos al borde de la gran laguna mental. Mirando hacia abajo.
Y acordamos lanzamos –sin salvavidas- a las aguas de la posmodernidad.
Aquella laguna oculta, a la que nuestros padres nos prohibieron el acceso cuando niños. (y en cuyos bordes jugábamos de manera inconsciente, sin saber del peligro que corríamos).
Tras años de dudar, desobedecimos; y nos lanzamos, con una sola condición: “sacar a la superficie, todo aquello que encontrásemos sumergido en años de olvido”
(Hasta nos encontramos con algunos de nuestros maestros que –de manera silenciosa- practicaban el buceo)
Descubrimos que el agua había hecho su trabajo, limpiando las manchas ideológicas.
Debajo del agua, todo se ve de manera distinta.
(Demás está decir, que hasta ahora no nos hemos ahogado)
Incluso encontramos a los supuestos cadáveres, con más vida que muchos de los monumentos que nuestros mayores nos enseñaron a admirar.
Y pensamos: “esto debe salir a la superficie”.
Debemos mostrar todo lo que hay debajo de esta gran laguna mental.
Es parte de nuestro patrimonio. La obra de nuestros abuelos.
No nos avergonzamos de ellos (ni de los “pecados” juveniles de nuestros padres)
Nuestro árbol genealógico no se puede pudrir bajo el agua. Debe ser registrado, recordado, valorado. Como una foto familiar de la infancia.
¿Por qué no, si al final nadie se ha muerto de arquitectura?