Arquitectura Chilena en Dictadura: La Paradoja de lo Público y lo Privado PDF Imprimir Correo
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En este artículo se analizan las relaciones entre la obra de arquitectura y la tendencia política de sus usuarios en un contexto político particular: la Dictadura chilena entre 1973 y 1990. A través de dos ejemplos paradigmáticos, se intenta demostrar que el ambiente político influye en la obra a tal punto, que las obras terminan contradiciendo los discursos que dan lugar a ciertas arquitecturas.

 


 

por Francisco Díaz P. 


 

 

Habitualmente, se ha visto con no muy buenos ojos la producción arquitectónica chilena de mediados de los 70 hasta fines de los 80. Esto tiene bastante sentido si evaluamos las obras desde una perspectiva formal-compositiva, pues la producción del período en cuestión es abundante en superficiales muletillas formales, referencias ingenuas a una historia idealizada, o justificaciones metafísicas de las decisiones de proyecto. Pero si nos salimos de esa evaluación formalista, y atendemos al trasfondo de la forma, se abre un campo de análisis mucho más amplio e interesante, que puede ayudarnos a ver todo aquello que, con nuestros ojos nublados por los cánones modernos de belleza, no fuimos capaces de apreciar en todos estos años.

 

Salirnos del marco formal compositivo, implica entender el contexto histórico y social en el que una determinada arquitectura se presenta. En el período a estudiar –años 70 y 80- la realidad chilena era inseparable de su condición política: un país regido por una dictadura militar que se extendió por casi 18 años, y que estuvo caracterizada por un enfoque dual; a saber, un gobierno de facto que, por una parte, se centró en un proyecto de renovación económica –adscrito al modelo “neoliberal monetarista” impulsado por Friedman[1] desde la Escuela de Chicago- intentando reducir la inflación endémica que padecía Chile, y que por otra, contemplaba una fuerte política de represión de la disidencia ideológica, cuya ejecución se inició el mismo día del golpe de estado y se mantuvo con distintos grados de intensidad durante todo el régimen. 

 

En un contexto de ajuste económico y fuerte represión, resulta difícil pensar que la arquitectura no se haya visto afectada. Ya hemos comentado sobre este punto en escritos anteriores[2], y quizás ahora tenga sentido profundizar aun más en ese análisis. Si observamos el período del régimen militar a la luz de estos dos énfasis, podemos apreciar el surgimiento de dos cuerpos sociales realmente novedosos en la historia de Chile.  

 

El primero aparece el mismo 11 de Septiembre de 1973, y se caracteriza por la invisibilidad: es el grupo de los perseguidos. Como tales, los opositores ideológicos al régimen militar sufren un constante hostigamiento y persecución, sobretodo durante los primeros años de la dictadura. Documentos históricos oficiales[3], detallan cuan cruel y despiadada fue dicha represión, lo que permite explicar la característica invisibilidad de este grupo: quienes no se fueron del país (exilio), se ocultaron de forma permanente de los aparatos represivos del estado (clandestinos), o bien fueron incluso ocultados a la fuerza por sus captores (desaparecidos). Los primeros años de la Dictadura fueron los más oscuros, marcados además por un permanente “toque de queda” que exacerbaba aun más la “invisibilidad” de estos años (en este caso, ya estamos hablando de la invisibilidad de los crímenes).


El segundo comienza a aparecer a fines de la década del 70, y se consolida en los 80 cuando se empiezan a observar pequeños atisbos de “apertura” (entendiendo que el país continúa bajo un régimen militar represivo, esa “apertura” debe ponderarse en la magnitud adecuada, y siempre en referencia a la oscuridad de los años previos). Alentado por las oportunidades que surgen con la implementación del sistema Neo-liberal, a principios de los 80 empieza a surgir un nuevo grupo social, caracterizado por ser quiénes de mejor forma aprovechan esas nuevas oportunidades: ya sea que les llamemos “yuppies”, o “cuescos cabrera[4], se trata de una nueva clase social, que disfruta de una incipiente apertura económica, haciendo visibles sus patrones de consumo como una estrategia de posicionamiento social. Esta inédita conexión que propone el neoliberalismo entre consumo y validación social, implica un cambio en la forma en que las clases altas se enfrentan al resto de la sociedad: ya no existe la austeridad puritana que admirara Weber, sino que ahora el consumo debe ser visible, pues es generador de validación social.

 

Evidencias

 

Si entendemos, tal como propone Robin Evans[5], que lo que expresa un plano de arquitectura son las relaciones humanas que se dan en ella, podemos intentar rastrear en la propia arquitectura, las evidencias de esos dos tipos de sociedad de los que hablábamos. Como respuestas obvias, aparecen ante una primera mirada rápida, dos tipologías características de esos años: el caracol y el mall.

 

Ambos modelos de arquitectura comercial coinciden temporalmente con el período estudiado: el caracol, que aparece durante los años 70, podría interpretar la oscuridad y la decadencia de esos años, mientras que el Mall de los 80, anuncia un consumo resplandeciente que perdura –tal como la Constitución- hasta el día de hoy. Sin embargo, ambos modelos surgen dentro de un mismo feudo ideológico, con lo cual no dan cuenta de la polarización de esos años. Por otra parte, se trata en ambos casos de tipologías importadas: el caracol como un “sampleo” comercial de Guggenheim de Nueva York de Frank Lloyd Wright (1959), y el mall como una importación de la galería comercial climatizada de los suburbios norteamericanos, inventada por Victor Grüen en los 40.

 

Ahora bien, si las diferentes visiones políticas expresan propuestas de sociedad distintas, o bien mallas valóricas divergentes, creemos que la arquitectura –como depositaria de las formas de vida- debiese ser capaz de presentarse como evidencia de aquella polarización inédita -tanto en extensión como en formatos- que se dio en el Chile de esos años. Desde esa perspectiva, resulta más interesante aun rastrear modelos arquitectónicos opuestos, que por medio del análisis de las relaciones humanas propuestas en su forma, nos permitan tensar la polaridad existente en esos años en Chile.

 

Una posible evidencia la localizamos en 1977, en el sector oriente de Santiago. En ese año aparece una obra paradigmática, que el tiempo y la crítica han mantenido en el olvido, pero que sin embargo, es un excelente vestigio del nuevo tipo de sociedad que comenzaba a aparecer en esos años, y que se consolidaría con el neoliberalismo: hablamos del Shopping Los Cobres de Vitacura, proyectado por Jaime Bendersky y su equipo. Esta obra presenta un modelo realmente inédito: una serie de 6 palafitos circulares que balconean sobre una plaza central hundida, que ocupa la mitad de la superficie del terreno; esto implica (en el plano de las relaciones humanas), la búsqueda de visibilidad total para los consumidores (ver, verse y ser visto consumiendo). Es decir, un programa comercial donde –a diferencia de lo que sucedía en los caracoles- la visibilidad del consumo es la protagonista; más aun si en este caso, dicha condición está exacerbada por la presencia de un programa activador (cancha de patinaje), un grado de apertura mucho mayor hacia la calle, y una espacialidad variada y novedosa:

 

“…Nos planteamos el problema en el sentido de crear un lugar de encuentro. El terreno es muy amplio, son tres predios, en consecuencia nos permitía crear un gran espacio exterior conformado por estos “palafitos” y un cuerpo de remate. Un espacio exterior donde hubieran muchas vivencias, no solamente actividad comercial. Se da un repertorio muy grande en esa “plaza” con los juegos infantiles, los paseos, las terrazas, los estares, las confiterías, las heladerías, todo lo que atrae a la “lolería”... Pero sin el automóvil y la locomoción que en un momento dado cortan el espacio. Creamos un gran espacio donde el peatón tranquilamente puede deambular en un recorrido muy extenso y variado, alrededor de estos volúmenes de doce lados, todos unidos, aun con el nivel inferior, permitiendo estas variables…”[6]

 

La novedad programática y espacial propuesta por esta obra, es reafirmada por Allard, quien comenta:

 

“…En el caso del Shopping Los Cobres de Vitacura, la apuesta por generar una experiencia propia del consumo -el shopping- se consagró por medio de un lenguaje formal inédito. Ocupando casi toda una manzana, este primer shopping center organizaba una serie de pabellones circulares en torno a un gran espacio central que contenía, entre jardines y juegos infantiles, una cancha de patinaje que en su momento se convirtió en uno de los lugares más populares entre la juventud del barrio alto. Los pabellones se despegaban del suelo como verdaderas naves marcianas, aprovechando un cambio de nivel respecto a la calle; con circulaciones perimetrales que se unían en las tangentes, terminaban coronados por unas llamativas cubiertas de cobre chileno. Al fondo del conjunto un volumen más bien regular contenía tres niveles de locales menores y dos salas de cine. En el terreno contiguo, la cadena Almac abría un supermercado, completando así el primer centro comercial que incorporaba la posibilidad de asociar el entretenimiento a la experiencia de consumo...”[7] 

 

Un modelo similar a este sería utilizado en algunas obras posteriores[8], hasta ser finalmente reemplazado por el formato “mall”, en el que un área despejada rodea al edificio, transformando en espacio exterior en simples estacionamientos, y condensando la vida social en el interior de un recinto protegido.

 

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Planta Los Cobres de Vitacura 

 

En la vereda contraria, y con pocos años de antelación, otro modelo arquitectónico aparecía en el ambiente nacional. En 1973, tras el Golpe de Estado, las 25 familias que se habían agrupado en torno al ex rector de la UC Fernando Castillo Velasco, comenzaban a apoyar en la construcción de lo que serían sus propias viviendas en la mítica Quinta Michita. Esta obra, inaugurada a comienzos de 1974, sería la primera de una serie de comunidades que el propio Castillo Velasco promovería, gestionaría y diseñaría a partir de los años 70.

 

La Quinta Michita se ubicaba en un terreno de 1,4 hectáreas, que poseía la familia Castillo Velasco en el interior de una manzana en la comuna de La Reina. El conjunto de 25 casas se ordenaba en zig-zag, dividiendo una zona de acceso, y un parque interior común privado al que solo se tenía acceso desde las casas. La novedad del modelo residía en la posibilidad de que todas las casas compartieran un área común, donde se daría la vida en comunidad, alejados y protegidos de la calle. Desde ese punto de vista, no resulta descabellado pensar en la Quinta Michita como un upgrade de la idea de las “comunidades utópicas”[9] del siglo XIX, pero esta vez, situada al interior de la ciudad.

 

Esta idea toma mayor resonancia, si observamos que la mayoría de las familias que allí se instalaron, provenían del círculo de colaboradores que el ex rector de la UC había conformado durante su paso por la Universidad. Se trataba de jóvenes profesionales ligados al ala izquierdista de la Democracia Cristiana, conformando lo que Brunner denominó el “Partido de la Reforma”[10], y que tras el golpe militar pierden sus trabajos, sufriendo junto a muchos el hostigamiento del nuevo régimen. En ese contexto histórico, un modelo arquitectónico que se alejara de la calle, y posibilitara una vida comunitaria controlada entre camaradas ideológicos, permitía sostener un modelo de vida propio en un entorno adverso.

 

La “invisibilidad” de la Quinta Michita desde la calle, la convertía en el lugar perfecto para mantener una cierta forma de vida, protegida de una ciudad hostil; una suerte de “auto-exilio urbano” bastante efectivo por lo demás:

 

“…La Quinta Michita… fue el refugio para sus habitantes durante los siguientes diecisiete años. Desde allí esa comunidad intelectual observó el fin de sus proyectos colectivos y el control sobre toda expresión política y cultural, burlándose puertas adentro del toque de queda, compartiendo la circulación de ideas y las experiencias del exilio, detención y, en algunos casos, de tortura…

…La Michita constituía la posibilidad de salvar algunos de los ideales colectivos perdidos, al menos en el ámbito familiar y barrial. Sus integrantes siempre supieron que vivían una excepción; una pequeña utopía que permitía tener esperanzas en un futuro más auspicioso. Se conversaban temas tabú para el resto de la sociedad, se podía guardar literatura de izquierda y llevar a cabo actividades clandestinas. Allí circuló, en muchos casos, información sobre compañeros perseguidos, exiliados o desaparecidos. Así es que el proyecto comunitario, que en un principio era secundario dentro de los intereses de este grupo intelectual, se transformó en una tabla de salvación para enfrentar la derrota y resistir. La Michita adquirió una función que los diseñadores del proyecto jamás sospecharon que pudiera tener…”[11]

 

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Paradoja

 

Tanto los Centros Comerciales Abiertos como las Comunidades, son modelos arquitectónicos que surgen en el contexto de un Chile con la institucionalidad trastocada, y con una profunda polarización social. En un entorno como ese, no resulta extraño que la polarización se traslade a la arquitectura, siempre y cuando entendamos a esta disciplina como depositaria de las relaciones humanas, y a las relaciones humanas mismas, como reflejos de un cierto modelo de sociedad. Ejemplos como el Shopping Los Cobres de Vitacura o la Quinta Michita, demuestran como la arquitectura puede entrar en resonancia con las ideas políticas vigentes en ciertos momentos históricos.

 

“Los Cobres…” fue uno de los lugares de mayor intensidad de uso durante los años 80[12]. Imágenes de la época y relatos posteriores, lo definen como un lugar de encuentro y visibilidad social, generador de identidad, y parte del imaginario colectivo de un sector importante de la sociedad. La condición de apertura, tanto en su interior como hacia la calle, sumado al inteligente hundimiento de su plaza central, favorecen la exposición -no de mercancías de consumo- sino de los consumidores mismos. Dada la escala de los locales existentes en ese centro comercial, y a diferencia de otros más grandes (Parque Arauco o Apumanque), la relevancia de “Los Cobres…” no reside en el tipo de cosas que se podía comprar ahí, sino en el hecho de “estar siendo parte” de un nuevo tipo de consumo: el de un nuevo tipo de espacio público que, a la manera de un club social, legitima y reconoce a quiénes están ahí. Ver, verse y ser visto en “Los Cobres…”, se transformaba entonces en una suerte de tarjeta de membresía, que certificaba la pertenencia al grupo social que apoyó –y disfrutó- de forma más entusiasta, los cambios socioeconómicos impuestos por el Régimen Militar.

 

La Quinta Michita por su parte, opera desde el polo contrario. Si bien está habitada por un grupo de camaradas ideológicos, su condición de “opositores” al régimen los obliga a recluirse de la ciudad, para así poder sostener un oasis de libertad. La vida al interior de la Quinta Michita, manifiesta una graduación del carácter público del espacio, desde la calle (pública pero peligrosa), al espacio de acceso (semipúblico y visible), para luego pasar a la casa (privada), y llegar finalmente al parque posterior (espacio comunitario invisible). La particularidad de este modelo, se encuentra en el hecho que la mayor libertad se da en un espacio público controlado de las miradas externas, cuya accesibilidad exige una membresía ideológica que garantice la seguridad del resto de la comunidad; un espacio que, paradojalmente, permite los mayores grados de libertad y vida comunitaria, en tanto más exclusivo es.

 

A partir de esas evidencias, podríamos concluir que la confusión de los años de la dictadura, termina por evidenciarse en las modalidades públicas de dos espacios paradigmáticos. Que en los primeros años 80 -en plena infancia del neoliberalismo, cuando las privatizaciones ya dejaban sus primeros damnificados y las protestas contra el régimen se intensificaban- la derecha económica saque relucir sus formas de vida en el más transparente de todos los espacios públicos de esa época, no deja de resultar curioso. Tal como tampoco deja indiferente que aquellos intelectuales de centro izquierda -que a fines de los 60 colgaban letreros en las fachadas de la Alameda en medio de sus reclamos por una mayor apertura de las Universidades, y que luego se plegarían con entusiasmo al sueño de la apertura de las “grandes alamedas”- terminen en 1974 por recluirse en un espacio privado invisible desde el territorio público, y con tantas exclusas como un submarino (hundido en la ciudad).

 

La atracción de la novedad en un caso, y la fuerza del miedo en el otro, dan pie a la paradojal aparición de unos espacios públicos que contradicen las posturas ideológicas de quiénes los habitan. Este tipo de curiosidades arquitectónicas solo vienen a demostrar cómo, de forma consciente o inconsciente, el arquitecto reproduce en sus construcciones los estados de ánimo y los sentidos de una época, independiente de los estilos, materiales o referentes que utilice para legitimar su obra.

 

 

Posdata

 

Nuestro presente eliminó los Centros Comerciales Abiertos, reemplazándolos por los Malls. Mientras tanto, las Comunidades siguieron vigentes, extendiéndose por toda la ciudad, aunque esta vez sin más camaradería ideológica que el miedo (condominios, pasajes cerrados).

Hacia fines de los 60 y comienzos de los 70, cerca de 2/3 de la población veían el espacio público como su lugar propio; a comienzos de los 80 había al menos un grupo social que no le temía al espacio público; en la actualidad, mientras exigimos mas encierros, nos hemos acostumbrado a vivir en interiores.

 

 


[1] La influencia de Milton Friedman en la definición de un modelo económico durante el régimen militar es clara y evidente. Además de haber sido profesor de muchos economistas chilenos durante la década del 60 (los llamados Chicago Boys), el Premio Nobel de Economía en 1975 visitó Chile en Abril de ese mismo año, enviando posteriormente una carta a Augusto Pinochet con consejos sobre el manejo económico de Chile. Al leer las sugerencias hechas por Friedman en contraste con los acontecimientos históricos, se puede apreciar que fue bastante tomado en cuenta (una trascripción de dicha misiva puede ser consultada en http://www.elcato.org/node/2067)

[2] Ver: Díaz, Francisco “Posmodernismo en Chile: Una Arquitectura de Miedo” en http://www.docoposmo.com/index.php?option=com_content&task=view&id=72&Itemid=56

[3] Informes de la “Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación” de 1991 (Informe ”Rettig”) y de la “Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura” del 2004 (Informe “Valech”)

[4] En referencia al personaje inventado por el humorista “Coco Legrand” en el Festival de Viña de 1980, que retrataba a la nueva clase de jóvenes empresarios neoliberales.

[5] Evans, Robin: “Figures, Doors and Passages” en Translations from drawing to building and other essays, AA, Londres, 1997. Versión español en: Aravena, Alejandro, ed: Material de Arquitectura, ARQ, Santiago, 2002

[6] Bendersky, Jaime: “Diálogo: Centros de Intercambio”. En Revista CA n°18, Junio, 1977, p 31.

[7] Allard, Pablo: “Vitacura: testigo de la avenida del consumo a Chile”. En Revista ARQ n°62 Consumos, Marzo, 2006, pp 40-47

[8] Las más famosas fueron el “Pueblito del Inglés” de Browne, San Martín y Wenborne, y el “Centro Comercial Cantagallo” de Alemparte y Barreda en asociación con Márquez de la Plata, Irarrázaval, Lira y Peñafiel, ambas de 1981.

[9] Idea propuesta por el arquitecto Ignacio Modiano en su artículo “Retrospectiva Crítica de algunos fragmentos. 1965/1995: 30 años de arquitectura en Chile”, en Revista CA n°82, dic 1995. Pags 25-31.

[10] En: Castillo Velasco, Fernando: Tiempos que hacen el presente. Historia de un Rectorado, 1967-1973. LOM, Santiago, 1997

[11] Gárate-Chateau, Manuel. “La Michita (1964-1983): de la reforma universitaria a una vida en comunidad”, en Anne Pérotin-Dumon (dir.). Historizar el pasado vivo en América Latina. http://etica.uahurtado.cl/historizarelpasadovivo/es_contenido.php

[12] Respecto a este punto, la arquitecta Paulina Fernández se encuentra desarrollando la tesis “Lugares de Intensidad en la década de los 80”, guiada por el profesor Hugo Mondragón, en el Magíster en Arquitectura de la PUC de Chile.

 


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